COLUMNA
“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sólo sueñan de noche.” —Edgar Allan Poe
“Hace poco estuve en Nueva York, representando con orgullo a una de las ciudades más importantes del mundo, nuestra querida Ciudad de México. Mientras hablaba del derecho a la vivienda, recordé que décadas atrás había llegado a esa ciudad, no como jefa de Gobierno, sino como activista de los movimientos sociales. Una gran marcha que se convocó de América Latina a Nueva York, a la ONU, para exigir los mismos temas que ahora que fui a Nueva York se estaban tocando: ciudades con derecho a la vivienda.
Llevando esas mismas causas y esos mismos sueños, pensé que los años podían cambiar muchas cosas, pero no las convicciones, los principios y los ideales. Desde entonces aprendí que la mejor escuela de gobierno ha sido la lucha y que las grandes transformaciones no se decretan desde arriba, sino que nacen desde abajo.”
Es una cita enorme, pero me parece la piedra angular de una visión del trabajo político y de la operación política en la capital del país.
Con la jefa de Gobierno llegó un sector de la política del territorio, formado en la organización social, que no necesariamente se profesionalizó mediante esquemas y diagramas, sino en la atención directa de las causas y con sentido humano. O eso es, al menos, lo que creemos algunos. Equipos como los de Claudia o Marcelo han entendido el juego político desde otras trincheras.
Quizá sea romantizar el trabajo. Porque también se requiere cálculo, experiencia, datos fríos y capacidad para desenvolverse en la fría burocracia de una entidad como la Ciudad de México.
Pero queda la esperanza de que un proyecto político como la llamada Cuarta Transformación tenga una transformación real en su interior y en su presencia en el gobierno.
Y no es un desafío menor. Brugada llegó al gobierno después de no ganar la encuesta interna de Morena para la candidatura y con una coalición que supone acuerdos y compromisos políticos. Algunos de ellos pueden pesarle. Ahí aparecen personajes como el llamado "Batman"o las recientes referencias a Pedro Infante en declaraciones de Manuel Velasco.
Clara continuó en su discurso:
“Hoy, que encabezo el Gobierno de la ciudad, sigo militando por la justicia social. Mi método es el territorio y mi brújula es el pueblo.”
Sí, eso lo hemos visto en su manera de ejercer la política. Que el pueblo sea la brújula me resulta interesante, pues supone que el pulso de las mayorías constituye su horizonte.
Pero ¿qué sucede cuando ese pulso cambia por los procesos de mercantilización de la política, como los que hemos observado y que ella misma enfrentó?
La batalla al interior de una coalición puede ser cruenta y difícil. Algunas fórmulas políticas parecen apostar por personajes que se ofrecen como productos electorales, con resultados que merecen una revisión crítica. Pienso, por ejemplo, en Enrique Peña Nieto y en la manera en que se construyó su imagen pública.
El agravante sería que estas prácticas se reprodujeran dentro de un proyecto que se reivindica de izquierda y que, por ello, tendría que mirar hacia un horizonte capaz de rebasarnos a todos.
Hacia la utopía.
No solamente las UTOPÍAS de la ciudad, sino aquella de Tomás Moro o la de Galeano, que sirve para caminar.
Más aún cuando, desde fuera, también se enfrenta a sectores de una derecha que se radicaliza. Y frente a ello me parece importante que desde la ciudad se impulsen propuestas de izquierda capaces de transformar las condiciones materiales de vida, incluso cuando resulten radicales frente al orden existente.
Un poco de realidad se hizo presente cuando Brugada sostuvo:
“No fui la candidata de las élites, ni soy la gobernante de quienes se han creído dueños y señores de México. No olvidamos de dónde venimos y por eso sabemos a dónde vamos.”
Ésta me parece una de las declaraciones más importantes del discurso en términos de acción política.
El mundo de la utopía posible consiste en mirar lejos, soñar con los ojos abiertos, pero no morir sin haber intentado algo.
Quizá también haya que vivir por aquello que todavía no existe.
Porque una utopía no es solamente una promesa de futuro. Es la posibilidad de intentar construirlo, aun sabiendo que las circunstancias pueden derrotarnos, que las instituciones pueden absorber nuestras convicciones y que no todos los sueños sobreviven al ejercicio del poder.
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—
Clara Brugada dijo unas palabras que me encantaron: “Mi método es el territorio y mi brújula es el pueblo.”
Pero, retomando ese pasaje, me pregunto qué se pretende hacer con pueblo: como palabra, como actor, como brújula y como narrativa política.
De eso López Obrador ya escribió un extenso libro que todavía no comienzo y que aún no llega a mis manos. Pero, en cuanto aterrice, lo traeremos a estas columnas.
Y como el escriba que soy, me declaro vendido en mi admiración por una política en cuyas palabras creo.
Aunque quizá la mejor manera de sostener esa admiración sea no dejar de preguntarnos si las utopías que se anuncian también pueden construirse.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
El domingo 27 de septiembre, como presagio de los dioses de la transformación, coincidieron en el Zócalo el cierre de la gira del informe de la presidenta y el aniversario de la consumación de la Independencia. Pero, como el mundo gira alrededor de nosotros los chilangos, éste fue, por supuesto, el más importante de todos.
Durante la bienvenida, la jefa de Gobierno, Clara Brugada, dijo una secuencia maravillosa —a mi juicio, claro—:
CBM: ¡Que retiemble el Zócalo con un grito unánime! ¡El pueblo gobierna México!
CBM: ¿Quién defiende la soberanía?
Asistentes: ¡El pueblo!
CBM: ¿Quién defiende la transformación?
Asistentes: ¡El pueblo!
CBM: ¿Quién gobierna México?
Asistentes: ¡El pueblo!
Y ahora López Obrador tiene un nuevo libro llamado Pueblo, sobre la historia política de México vista desde los ojos del caudillo.
Pero volvamos al domingo, al sol radiante y quemante de la capital.
Además de aquella secuencia de Brugada, me resultó sugerente algo que atravesó el discurso de Claudia Sheinbaum: la historia convertida en guía. Independencia, soberanía, libertad, igualdad y democracia aparecen como principios históricos capaces de orientarnos en el presente.
La metáfora de la brújula me parece hermosa.
Porque una brújula no nos dice solamente dónde estamos: nos permite decidir hacia dónde queremos ir. Y para saberlo necesitamos recordar de dónde venimos, qué estamos recordando y, sobre todo, cómo lo estamos trayendo al presente.
Cada época mira hacia atrás y rescata determinadas figuras, acontecimientos y dimensiones del pasado. Algo parecido escribí hace poco sobre mi interpretación de la Nueva España y la de Héctor Aguilar Camín: observamos el mismo pasado, pero no necesariamente encontramos lo mismo en él.
Además, una brújula puede llevarnos al norte o al sur; y las brújulas políticas también corren de oriente a poniente, de izquierda a derecha. No todo pasado señala necesariamente hacia donde mejor nos convenga.
Algo parecido sucede con otra expresión del discurso presidencial: «libertad con bienestar».
Sheinbaum dijo que libertad es una palabra hermosa y la vinculó con el bienestar. Yo no sé si me convence ponerle apellido a la libertad, pero entiendo la operación política: hay una resignificación y una disputa narrativa alrededor de una palabra que distintas tradiciones políticas reclaman como propia.
Desde ciertas posiciones, la libertad se asocia principalmente con el individuo y el mercado. Desde otras, una persona difícilmente puede considerarse plenamente libre si las condiciones materiales le impiden ejercer esa libertad.
Yo creo profundamente que la libertad no es un cheque en blanco que se entrega a alguien, pero tampoco un permiso administrado desde arriba. Requiere un andamiaje mínimo que permita ejercerla sin que la libertad de unos termine convirtiéndose en sometimiento para otros.
Parece que me les escapo, pero regreso.
Hablar de «libertad con bienestar» supone afirmar que las personas necesitan oportunidades reales de desarrollo y condiciones materiales que les permitan ejercer aquello que formalmente llamamos libertad. Desde una lectura crítica del capitalismo, las desigualdades estructurales pueden separar y aislar a los individuos, debilitando además formas colectivas de organización: comunidades, sindicatos y movimientos sociales.
Pero aquí aparece otra dificultad.
Las palabras hermosas también pueden desviarnos.
Algo de eso recuerdo de 1984. Orwell construye una crítica feroz de la reducción del lenguaje: disminuir las palabras también puede disminuir aquello que somos capaces de pensar. Hace poco, además, leí un texto de José Emilio Pacheco que invitaba a regresar a las obras más famosas de Orwell desde otro sitio: no desde el simple desencanto, sino desde el interior de sus propias convicciones.
Quizá por eso convenga desconfiar un poco cuando la política comienza a apropiarse de las palabras más hermosas.
Pueblo. Libertad. Bienestar. Democracia. Transformación.
No porque necesariamente escondan una mentira, sino porque precisamente significan demasiado como para entregárselas completas a nadie.
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—
Claudia Sheinbaum mencionó la «entrega» de Carranza junto a Madero, Villa, Zapata y Lázaro Cárdenas. Y ahí mi brújula comenzó a moverse hacia otro lado.
Los demás personajes los concedo. Pero Carranza me produce más irritación. Por cierto, López Obrador también lo recuperó al anunciar Pueblo.
Yo prefiero a Álvaro Obregón. Y sí, sé que con esa preferencia me meto en otros problemas.
Carranza fue un viejo lobo de mar que supo navegar las turbulentas aguas revolucionarias. Pero reducirlo al «cargo por el cargo» sería demasiado sencillo: alrededor de su constitucionalismo se produjo la Constitución de 1917 y algunas de las conquistas sociales fundamentales del México del siglo XX.
Mi discusión es otra: ¿cuánto de aquella transformación pertenecía verdaderamente a Carranza y cuánto fue producto de fuerzas revolucionarias que terminaron desbordándolo?
Quizá por eso me irrita encontrarlo en la genealogía de la transformación actual.
Aunque, pensándolo bien, quizá acabamos de regresar al principio.
Sheinbaum coloca a Carranza en su historia. López Obrador también. Yo preferiría colocar a otros.
Todos queremos mover la aguja de la brújula.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
El 16 de septiembre tuve una conversación sobre la identidad, pero, sobre todo, acerca del reto mayúsculo que significa hablar de uno mismo en dos cuartillas. Mi recomendación fue que escribiera algo del pasado y luego sobre las decisiones, a veces contradictorias, que acompañan la elección de una carrera.
Bueno, más que la conversación —siempre interesante—, fue la preciosa compañía de escucharnos y cambiar nuestros puntos de vista lo que después me hizo pensar en la discusión política alrededor del Grito de Independencia. No tanto por su contenido, sino por la mirada de Héctor Aguilar Camín sobre el desprecio al linaje colonial de la Nueva España.
Publicó algunos subrayados que, desde mi lectura, dicen bastante de su pensamiento conservador. Algunos me parecieron mejores que otros, sobre todo uno acerca de la SEP.
Todos hemos criticado que la SEP nos enseñara la historia en un cuadro y no nos permitiera mirar mucho más allá. Pero ese mismo cuadro, para algunos, nos llevó hacia un lado del espectro político y, a otros, a mirar la historia de formas diferentes. La SEP, entonces, sí cumple con algo fundamental: traza un camino que después brincamos rumbo a senderos más amplios.
El aparato burocrático reduce la ideología a su mínima expresión. ¿Será bueno? ¿La revolución cultural y educativa se esteriliza dentro del sistema mexicano?
A uno de los subrayados de Aguilar Camín yo le haría otro subrayado, acompañado de una nota en las esquinas. Úrsula Camba sostiene en Ecos de Nueva España:
“Existía algo que se llamaba castas, no unas señoritas vírgenes, sino un sistema rígido de división social, idéntico al que prevalecía en la India.”
Más que el reconocimiento de las castas, me incomoda la ironía de las “señoritas vírgenes”. Quizá porque aquello que puede parecernos una curiosidad del pasado dejó huellas demasiado profundas en nuestro presente.
La sociedad de la Nueva España construyó jerarquías alrededor del origen y del color de la piel cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días. El racismo llegó al grado de borrar de nuestra memoria a los afrodescendientes: para una parte importante de nuestra historia parecieron no existir. Guerrero pocas veces es recordado como un presidente de ascendencia afrodescendiente; tampoco solemos detenernos en los orígenes de Morelos.
Por eso pienso en mis años como estudiante de primaria y secundaria. Muchos querían —o quizá yo también quería— ser más blancos y encontrar, de algún modo, algún parentesco con los españoles. Porque de allá venía el progreso.
¿Venía?
En El agua en nuestras manos, el doctor Pedro Moctezuma Barragán aborda el desarrollo de la ingeniería mexica necesaria para sostener aquella ciudad levantada sobre el lago y abastecerla de agua potable. Una ciudad esplendorosa que debió ser impresionante en sus mejores años.
No se trata, por supuesto, de cambiar una idealización por otra. Pero la historia durante mucho tiempo cargó la balanza hacia lo blanco y dejó en segundo plano el mundo multirracial que se construía desde entonces.
Quizá reivindicar aquellos años también exige saber de qué pasado conviene alejarnos y qué pasado merece ser rescatado.
Tal vez mi juicio ideológico también me permite mirar hacia atrás, sólo que hacia otros lugares y con otras añoranzas. Hay rescates del pasado —como el que propone aquel libro— que me parecen vitales. Pero reconocerlo obliga a hacer otra pregunta: ¿cuánto de aquello que llamamos identidad es también una selección ideológica de nuestros recuerdos?
Hay teóricos que plantean que la diversidad de experiencias interviene en la formación del conocimiento. Desde ahí tendríamos que mirar de otra manera la identidad nacional. Ésta no llegará anunciándose como una sola, limpia y carente de contradicciones.
Si como individuos podemos construir distintas interpretaciones de nosotros mismos, ¿por qué una nación tendría que encerrarse en una sola versión en nombre del bien nacional? ¿O será precisamente la pluralidad la guía de un camino posible?
Así que aquel ensayo de identidad personal de dos cuartillas que nunca logró concretarse terminó planteándome un problema mayor: me resulta imposible imaginar dos cuartillas capaces de contener la identidad nacional.
Al final tampoco logré ayudar a resolver aquellas primeras dos cuartillas. Quizá porque saber quiénes somos exige mirar un poco más allá de lo que aparece a primera vista.
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—:
A veces conviene detenernos en el tránsito voraz de la capital y pensar en otras cosas.
Pienso ahora en la estación Pino Suárez.
Ahí, en medio de millones de pasos apresurados, permanece el adoratorio asociado a Ehécatl, dios del viento. Una interpretación arqueológica que en una de las columnas me resultó particularmente sugerente: los centros ceremoniales podían transformarse y las deidades ocupar lugares distintos conforme cambiaban las necesidades de quienes los habitaban.
La imagen me gusta para traerla hasta acá.
Quizá las identidades también funcionan así: conservan sus piedras, pero cambian aquello que colocamos en el centro.
En los tiempos de la 4T, los pueblos originarios han adquirido otra centralidad dentro del discurso de la identidad nacional. Después de siglos en que la balanza se inclinó hacia otro lado, quizá sea comprensible que vuelva a moverse.
La pregunta es si alguna vez conseguiremos que deje de necesitar un solo centro.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
La habitación, la araña y la utopía
Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo: y otros argumentos a favor de la independencia económica, de Kristen Ghodsee, es un ensayo medio breve, pero con argumentos que no añoran al socialismo por completo. Intenta rescatar de aquellas experiencias las políticas que beneficiaron a las mujeres y favorecieron su independencia económica.
Uno de sus argumentos principales está en las condiciones materiales: la incorporación de las mujeres al trabajo, el acceso a la educación y los servicios públicos para el cuidado de los hijos, como guarderías, comedores y otras formas de socialización de los cuidados. Eso no quiere decir que aquellos sistemas hayan conseguido la igualdad absoluta. Las mujeres también cargaron con una doble jornada y los hombres no asumieron en la misma proporción las tareas domésticas y de cuidados.
Esto último, bajo cualquier lógica, debería ser la norma y no la excepción: los hijos y los cuidados son corresponsabilidad de hombres y mujeres. Pero bueno.
La tesis que me interesa de Ghodsee es que el capitalismo vuelve prácticamente todo un producto. Nuestras relaciones íntimas tampoco quedan completamente fuera de la oferta y la demanda. El matrimonio puede convertirse en un intercambio de cuidados, trabajo doméstico, sexo y estabilidad económica. Suena a pensamiento misógino, pero también obliga a preguntarnos cuánto de esa misoginia está incrustada en la estructura dominante.
¿Hasta dónde elegimos libremente a quien amamos cuando nuestra subsistencia depende de esa persona?
Ghodsee recupera, entre otras figuras, a Aleksandra Kollontai, una mujer brillante, revolucionaria y autora de propuestas que todavía resultan provocadoras sobre la familia, el amor, la sexualidad y la emancipación de las mujeres. Su relación con Lenin, el partido y posteriormente el poder soviético fue bastante más contradictoria de lo que permite resumir una etiqueta. Quizás lo importante para estas líneas no sea resolver las disputas bolcheviques, sino recuperar una pregunta que permanece viva: ¿qué ocurre con el amor cuando una mujer no necesita de un hombre para sobrevivir económicamente?
Si las mujeres tienen independencia económica, pueden relacionarse con quien quieran porque así lo desean y no porque alguien les garantice estabilidad. Relaciones genuinas y no forzadas por la necesidad material. Eso sigue siendo revolucionario hasta nuestros días, aunque Marx y Engels ya hubieran colocado a la familia burguesa y las relaciones económicas dentro de su crítica al capitalismo.
Y aquí tuve que regresar ocho años.
El 20 de septiembre de 2018 escribí en esta misma Criticona sobre Un cuarto propio, de Virginia Woolf. Entonces me quedé principalmente con la necesidad de la empatía y con aquel pensamiento andrógino del que hablaba Woolf. Ocho años después, Ghodsee me obliga a regresar a aquella habitación y preguntarme si la empatía basta.
Quizás fui yo quien entonces no miró suficientemente lo material. Porque Woolf sí lo había puesto enfrente: una habitación propia, pero también dinero e independencia para poder habitarla.
La empatía no basta. Una habitación propia necesita condiciones materiales para poder cerrar la puerta.
De manera independiente me había interesado este ensayo. Lo encontré a partir de un hilo provocador en Instagram, quizá porque ahora estoy más convencido que antes de que el amor y el sexo también pueden ser revolucionarios.
Un matiz inesperado me llegó con otra lectura: El beso de la mujer araña, de Manuel Puig.
A medio siglo de su publicación, la cotidianidad del encierro, la convivencia entre Molina y Valentín y el tejido de esa araña van rompiendo barreras. Entre ellas, las categorías con las que intentamos ordenar sexualidad, deseo, masculinidad y afecto. Algunas teorías que aparecen en las notas de la novela han envejecido terriblemente; la humanidad de sus personajes, no.
La vida nos rompe, pero también rompe las categorías.
Y quizá ahí Puig y Ghodsee, desde lugares completamente distintos, terminan conversando. Uno coloca a dos seres humanos encerrados y deja que la cercanía desordene categorías que parecían firmes. La otra nos pregunta hasta dónde nuestras relaciones pueden ser verdaderamente libres si antes no existen las condiciones materiales para elegirlas.
Entonces pensé inevitablemente en Iztapalapa.
No porque las Utopías sean soviéticas ni porque la Ciudad de México esté construyendo una réplica de aquel socialismo. Pero encuentro una preocupación semejante en el Sistema Público de Cuidados que impulsa el gobierno de Clara Brugada: quitar parte del peso histórico de los cuidados depositado sobre las mujeres y convertirlo en una responsabilidad compartida entre las familias, los hombres, la comunidad y el Estado.
Guarderías, lavanderías, comedores y espacios públicos de cuidado pueden parecer asuntos cotidianos frente a las grandes palabras de la política. Pero liberar tiempo también es liberar posibilidades.
Redistribuir los cuidados es también redistribuir tiempo. Y redistribuir tiempo es redistribuir libertad.
El modelo puede quedarse corto, pero mira lejos.
Que una mujer dependa económicamente de un hombre puede encadenarla a decisiones que quizá no habría tomado en otras condiciones. Puede obligarla a sacrificarse y convertirla en una mártir anónima. Eso no deberíamos permitirlo ni perpetuarlo.
Por eso mi defensa del socialismo no tendría que ser una consigna por un pasado glorioso que nunca existió de manera perfecta. Las experiencias socialistas tuvieron avances, contradicciones, retrocesos y fracasos. No se trata de volverlas redentoras de nada.
Se trata de preguntarnos qué podemos rescatar.
Para mí, el horizonte sigue siendo socialista no por nostalgia, sino por la posibilidad de construir condiciones materiales que permitan una mayor emancipación humana. Y si alguna vez aspiramos a algo parecido al comunismo, habrá que comenzar por las cosas aparentemente pequeñas: quién cuida, quién tiene tiempo, quién tiene dinero y quién puede elegir libremente con quién compartir su vida.
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—
Tonatiuh T.I. vivió un tiempo en la URSS. A sus 65 años puede contar algunas cosas que nosotros solamente podemos conocer mediante libros, películas y documentos. Tocó algo de aquella utopía y también sus contradicciones.
Me invitó a ver Moscú no cree en lágrimas. Dice que la película muestra otro rasgo de aquellos años.
Habrá que verla.
Porque quizá de eso se trata: no de añorar Moscú ni de reconstruir un socialismo que tampoco consiguió romper todas sus cadenas. Se trata de mirar qué hizo bien, qué hizo mal y qué todavía puede servirnos.
Hace ocho años entré a la habitación de Woolf pensando principalmente en la empatía. Hoy regreso pensando también en las condiciones necesarias para habitarla.
Y, en medio, Puig me dejó una araña.
Quizás una habitación propia no sea suficiente. Habrá que construir también las condiciones para poder habitarla.
Ahora, desde Iztapalapa y la Ciudad de México, nos corresponde comprobar hasta dónde podemos caminar hacia esa utopía.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
Soy consciente de mi inconsciencia
Soy consciente de mi inconsciencia. Con argumentos cuestionables, de lo cuestionable que es sostener algunos temas por sí solos…
Nos hemos tragado sapos enormes, líquidos y malolientes. Lo hemos hecho por la fácil resistencia de la izquierda, que alerta y señala con cierta destreza que caemos en los juegos de la derecha.
Una derecha que, en los últimos años, es minoría, pero no está dispersa ni suelta, sino en espera de que los vientos de la redención se agoten o dejen de tener el efecto que hasta el momento han sostenido con mucha fortaleza y una convicción ciudadana sin igual.
Pero creo que los cuetes que tronamos y vitoreamos son pólvora efímera, de corta duración. En las semanas pasadas estaba pensando en escribir un texto sobre Carlos Manzo y los juegos que trae Grecia Quiroz. En unas primeras revisiones, me declararon falto de fuentes informativas y cuestionaron mucho de lo que sostenía.
Claro, era insostenible, porque la rumorología me había secuestrado. La narrativa de la derecha me pescó.
Muchas de esas narrativas dicen que Carlos coqueteaba con la derecha, pero no hay elementos suficientes para probarlo. Yo lo creí. También creí que su movimiento, el del sombrero, había roto por completo con la 4T después de que no ganara la candidatura de los guindas.
Manzo terminó compitiendo como candidato independiente y ganó la presidencia municipal de Uruapan en 2024. Pero una candidatura independiente, sus diferencias con Morena y sus críticas no demuestran, por sí solas, un supuesto coqueteo con la derecha.
Criticaba ciertas situaciones porque requería apoyo de la Federación. Pero, como diría la canción, «los caminos no son los esperados ni los soñados». La voluntad local de modificar las cosas tiene poco eco en lo estatal y mucho menos en lo nacional.
Quizás sea una de las frustraciones de las aventuras breves en la administración pública, pues las ganas y los proyectos no siempre tienen el respaldo financiero o institucional que podría dotarlos de un marco aún más sólido.
Pero, más que seguir contando el tema de Grecia y Carlos y las decepciones de la administración pública, el sapo que con anestesia hemos tragado es el relato que nos cuenta la derecha. Pues caímos muchos: algunos con textos publicados; otros, en la meditación de hacerlo, frenados por correctores personales y virtuales.
¿Pero cuánto juego les hacemos? ¿Tanto nos quejamos y caemos?
Yo respondería que les hacemos todo el juego posible, pues terminamos cayendo en las narrativas y en personajes como Fernando Cerimedo: peces medianos. A los grandes los exhiben y nos lanzan a los medianos para entretenernos con teorías sobre el llamado tecnofeudalismo, presentado como una evolución terrible del sistema capitalista.
Algo así, creo, les pasa a los de La Base Latam. Después de advertir sobre estos mecanismos, dedicaron un programa a Cerimedo y a sus operaciones en América Latina. Uno cae, no lo dudo. A mi juicio, al concentrarse tanto en el personaje se corre el riesgo de mirar el árbol y perder de vista el bosque de intereses y poderes.
Aunque tengamos manías noticiosas, somos vulnerables.
Suelo escuchar a Julio Astillero en su noticiero de lunes a viernes; el podcast de Jesús Esquivel, Entre Washington y México; Hoy es Risco, de Javier Risco; y mi dosis de derecha informativa: Canal Red América Latina. También El Pulso de La Jornada y Palabras Cruzadas, además de los viernes de Masiosare y, de vez en cuando, algún programa de Sacro y Profano.
Esas manías son de izquierda en su mayoría, pero, a pesar de ese «blindaje», la riego.
Aprendí que las fuentes de información deben ser diversas. Cada una nos da una postura, una papilla ya condimentada con un montón de ideas procesadas.
Al final, creo que hay que tener certezas, pero también dudas.
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—
Decía Octavio Paz en Recuento de una vida: «Quisimos el bien, pero lo quisimos con arrogancia. Quisimos decretar el bien. El bien no se decreta».
Así, con la marea recurrente de los medios y la información, solo queda poner un poco de resistencia y no caer tan fácil, aunque sea más complicado al pasar los días.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
«Estoy seguro de que a Fidel no lo absolverá la historia» Mario Vargas Llosa
Nota a la reedición (2026).
Este texto fue escrito en diciembre de 2016, tras la muerte de Fidel Castro. Para su republicación en La Criticona he recuperado el manuscrito original y corregido únicamente aspectos formales para facilitar su lectura. He preferido conservar sus ideas, juicios, datos, excesos y contradicciones: pertenecen al tiempo y al autor que lo escribió.
Era un viernes en el cual un mensaje de Raúl Castro, que comenzó con una voz trémula, quizás nostálgica, decía: «Hoy 25 de noviembre, a las 10:29 horas de la noche, falleció el comandante en jefe de la Revolución cubana Fidel Castro Ruz...».
Así anunciaba el gobierno de Cuba la muerte del líder que despojó a la dictadura de Fulgencio Batista para comenzar la dictadura de Fidel Castro. Es innegable no llamarlo así. Según un diccionario que consulté, dice: «Gobierno que ejerce fuera de las leyes constitutivas del país.- D. Del proletariado principio marxista de concentración de poderes en una minoría que obra en beneficio de las clases obreras» (que Fidel mandó al carajo, por cierto); pero san gogolito me dijo: «Regímenes políticos con poder total, sin someterse a ningún tipo de limitaciones y con facultad de promulgar y modificar leyes a su voluntad».
Y eso fue lo que hizo Castro: modificó e inventó leyes a su voluntad y sus creencias. Dirían muchos que «fue el único que se le enfrentó a los gringos» (por eso es el gran héroe para muchos), y nadie lo duda porque sacó a Cuba de ser el burdel de Estados Unidos para hacerla una sucursal de la Unión Soviética, dependiendo económicamente de ellos.
Pero vamos por partes.
En los años del comienzo de la Revolución cubana (finales de los 50 y principios de los 60) se vivía una fiebre cambiaria por aquella revolución en la pequeña isla. Las esperanzas eran el paraíso del siglo XX; el cambio parecía ser rotundo y beneficioso para la Cuba que Fidel le había dicho al mundo que era con Fulgencio Batista (la verdad no está tan mal en comparación con el México de esa época).
Ahondaremos un poco sobre el paso de Fulge. Fulge se convierte en presidente de Cuba por primera vez (y democráticamente) de 1940 a 1944, siendo hasta ese momento un gran presidente que erradicó a los Estados Unidos de intervenciones en Cuba. Si en ese momento Fulgencio dejara la presidencia, evidentemente pasaría a la historia de otro modo, pero sus ambiciones egocéntricas o para pasar a la historia como un gigante, porque habría que decir que Ramón Grau San Martín (igual en su segundo periodo) se somete a la mafia norteamericana, dejando a una Cuba lesionada ante la corrupción.
Pero Fulgencio más tarde comete la torpeza de volver y hace la dictadura de siete años (1952-1959), la cual ejerce con fiereza, siendo un gobierno militar, reprimiendo, aunque con muchísima libertad en los medios de comunicación. Esa libertad son las publicaciones en su contra, como las que entonces escribía el abogado Fidel Castro Ruz, y permitir levantamientos como el del mismo Castro.
Pero al unirse al mafioso Meyer Lansky, corrompiéndose, Batista firmaría su sentencia. Para ello, Batista «sucumbió» con anterioridad a Lansky como ministro para instalar los casinos en su primer periodo, pero, como ya hemos señalado, se corrompe aún más.
Estados Unidos le quitaría el respaldo para dárselo a aquel mediático barbudo. Pero no vayamos más allá; regresemos a lo que se decía en aquellos años sobre Fidel Castro, que en el imperio lo verían como el gran triunfador de esa revolución naciente. Le retira el apoyo, su apoyo a Fulgencio, y es por eso que Castro «vence» a la dictadura batistiana cuando huye Fulgencio.
La sangre que se derramó la hará derramar Castro en sus primeros años con los presos políticos y con el pelotón de fusilamiento a todo aquel que fuese «contrarrevolucionario» (no me pregunten qué era ser un contrarrevolucionario), pues muchos de los fusilados y presos estaban en contra de su acercamiento dependentista de la URSS.
Pero no todo fue negro y las bondades de Castro Ruz seguramente ya las habrían visto en alguna propaganda como la de Peña Nieto, que «lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho». Pues Cuba, caballeros, es el único país de América sin desnutrición y fue declarado el paraíso para ambos por la UNICEF, pero según el Banco Mundial tiene la tasa de mortalidad infantil más baja en América (en cero), cero niños en situación de calle al igual que los feminicidios y el mejor sistema educativo de América Latina. Pero la ONU, OMS, UNIFEC y diversos países a los cuales ha enviado médicos en ayuda reconocen que tienen grandes avances médicos.
Pero todo ello a costa del totalitarismo que ha hecho la Cuba de los hermanos Castro. Y se dice que esto aun y con bloqueo, y es que la verdad será el bloqueo mental de Castro Ruz, pues el famoso bloqueo es simplemente que Estados Unidos no compran «nada» a Cuba, y digo «nada» porque le venden medicamentos a E.U.A. y tiene el dólar como segunda moneda. Pero esto hace que Cuba deba diversificar su mercado, lo cual es una gran ventaja que tuvo que hacer gracias a que la URSS desaparece hace muy poco (principios de los 90), porque habría que decir que la sola dependencia soviética para transitar a los regalos que le hace la Venezuela de Chávez a Cuba para sofocar los intentos de golpe de Estado. Y que sigue con el loco (ese es otro rollo no muy diferente).
Castro sacó a Cuba de ser el burdel de Estados Unidos para convertirse en una sucursal de la Unión Soviética y, tiempo después, en un dependiente venezolano.
Castro profetizó en 1973, decía: «Estados Unidos dialogará con nosotros cuando tenga un presidente negro y haya en el mundo un papa latinoamericano».
¡Cosa más grande, caballero!
Lo que pase de aquí en adelante ya es una cosa indescifrable y del siglo XXI.
Y aún más con un Trump mucho más violento, mucho más totalitarista y extremadamente cargado a la derecha. Quizás estoy errando al decir que comenzará el siglo XXI, cuando el vecino del norte ronde más el siglo XIX y en Cuba no existía nadie más que los Castro, porque todo aquel que comenzaba a hacerles sombra como que dialogaba más rápido con San Pedro.
Pero ahora les contaré lo que les dijo hace tiempo un humorista sobre Cuba:
«Un espía yanqui de la más alta categoría es enviado por Reagan a Cuba. Debe de hacer un informe definitivo sobre la situación interna y proponer medidas concretas para liquidar la revolución. El espía recorre el país, habla con mucha gente, acopia toda índole y envía a Reagan el informe siguiente:
»Situación muy contradictoria. No hay desempleo, pero nadie trabaja. Nadie trabaja, pero todos sobrecumplen las normas, pero no hay nada en las tiendas, pero todo el mundo tiene todo, pero todo el mundo se queja, todos están con Fidel». (***)
Con este simpático chiste y algunas razones antes expresadas me hacen pensar que Cuba es un socialismo totalitario. Muestra de ello es que en ese mensaje Raúl les anunciaría que «la radio y la televisión mantendrían una programación informativa, patriótica e histórica» (ah, y sin decir buenos días, tardes o noches), al modo del vencedor (como siempre). Pero esa historia de Castro tiene demasiados modos que le convenían, así que por ello es complejo hablar del comandante.
EL PRI (DIGO MÉXICO) Y EL COMANDANTE
El PRI y su «amigo» Fidel creció, nació (y casi se reprodujo) la amistad con Fernando Gutiérrez Barrios, que estuvo años al frente de la Dirección de Seguridad, así como Fidel... pero Velázquez, pero concentrémonos en esa amistad que habrá tenido experiencias que cambiar.
Lo traje al tema (Gutiérrez Barrios) porque el mismo Fidel, en una entrevista a Televisa de 2002, le dice a López-Dóriga que Gutiérrez Barrios le ayudó a salir de México para hacer la revolución (esos agitadores «comunisthas»), aunque un libro biográfico de Castro que se llama Guerrillero del tiempo dice que Lázaro Cárdenas fue el que ayudó (les digo que uno de Fidel no se puede fiar).
Mantuvo estrecha diplomacia con los gobiernos priistas, menos con Vicente Fox ni con FECAL (es acrónimo de su nombre), y menos con el primero por el lamentable hecho del «comes y te vas».
El segundo también confrontó el diálogo con Cuba, pues dijo: «Cuando nací Fidel Castro ya era dictador en Cuba. Fui presidente de México y seguía siéndolo. Ojalá llegue pronto la libertad de los cubanos».
Con Peña Nieto se volvió otra vez a ese acercamiento con México y su dictadura perfecta, que a lo mejor por ello es la buena relación con el PRI (digo México).
ORAR
Fidel Castro tenía un récord hasta hace poco con su discurso más largo de SIETE horas. Es bien sabido que Castro era un gran orador, un hombre de verbo, como se le suele decir. También era la voz del pueblo y eso me llevó a recordar uno de sus famosos discursos. Lo da con dos frases icónicas de él; la primera es el «seré breve»: duró CUATRO horas hablando ante la ONU en 1979 (el más largo dado en las Naciones Unidas). La segunda es cuando dice:
«Basta ya de palabras, hacen falta hechos».
Y le podremos negar la crítica que solía dar Castro, pero todos podemos también asegurar que nunca fue autocrítico. Y si ese discurso era en nombre de su pueblo, eso le pidió durante años a Castro: que ya no hablara tan bonito de la prosperidad con el socialismo. Quería hechos, quería resultados que nunca vieron, que nunca han sentido.
Ahora Fidel ya no está, ya dejó de hablar. Su hermano Raúl Castro, sin duda alguna, debe orar, pero ya no a los cubanos: a su pueblo les debe hechos, hechos y no palabras.
Dejó a Cuba en esa transición que cita Marx, que si ya se les olvidó es que para cambiar de modelo se tiene que ser totalitario, pero los Castro parece que se estancaron en ese lapso.
Para no ser acribillado, no creo que el totalitarismo sea exclusivo del socialismo. Lo que sí me queda claro es que el humano debe de ser el más perfecto equilibrista: un paso a un borde y es la perdición.
(De derecha a izquierda, Trump como ejemplo de derecha y Fidel de izquierda).
Castro demostró la manipulación mediática. Estaría siendo usado al decir que Castro enseñó que controlando la comunicación se puede conquistar todo lo posible, sin importar la mediocridad. Y le digo esto porque nunca tuvo una victoria; las victorias eran la utopía de la derrota. Hizo callar a un personaje que se le salía del huacal y lo mandó a esperar (como siempre lo hizo). Este hombre ya lo sabían quién es: Ernesto «Che» Guevara, el hombre que le sirvió su muerte para hacerlo un mártir de la revolución, para que él fuese el líder a costa de lo que fuere.
LECCIÓN PERSONAL
Me demostró la gran manipulación por el poder de un grupo o de grupos. Me demostró que por el poder se hace todo lo posible, que toda aspiración al poder pasa por los ojos de los más poderosos y lo permiten, si es que les puede funcionar (que les falló con Castro y ya le restaron importancia tiempo después).
El posible debe de ser pueblo porque si es poder no se puede ser pueblo, y eso ni los gobiernos de izquierda lo podrán negar.
Comprendí, y espero ustedes también lo hagan, lo que dice Jesús Silva Herzog Márquez:
«No hay personas que sobran ni humanos que merezcan culto».
Fidel Castro Ruz es ya parte de la historia y, al igual que Mario Vargas Llosa, no creo que lo absolverá la historia. En palabras de Castro decía que «con la verdad se alcanzará el triunfo, con la verdad se defendió durante casi 50 años», y con la «verdad», mi estimado Fidel, me temo, no te absolverá. Pero ese juicio ni yo, ni nadie más que el pueblo cubano y la historia habrá de hacer...
Me refería a
* Todo Rius, tomo 6, Eduardo del Río, RIUS, p. 315.
** Documental Cuba Libre. Netflix, capítulo 8.
*** El Humor de Misha, de Abel Prieto, Ediciones Argentina, p. 64.
"La verdad siempre es revolucionaria. Exponer a los oprimidos la verdad de su situación es abrirles el camino a la revolución."— León Trotsky
Mi abuelo nació en 1939. Tendría 87 años. León Trotsky fue herido de muerte el 20 de agosto de 1940 y falleció un día después, el 21 de agosto de 1940, hace 86 años. Se habla de que los revolucionarios y la gente de izquierda vivían en un mundo retrasado y muy antiguo. Pero no tanto: Trotsky murió cuando mi abuelo ya había nacido. Una vida familiar basta para acercarnos a aquel mundo que suponemos tan lejano.
Una de las ideas más fantásticas de Trotsky es: «Lealtad al programa revolucionario, hostilidad irreconciliable con la burguesía, ruptura decisiva con los socialpatriotas, profunda confianza en la fuerza revolucionaria de las masas: éstas son las principales lecciones de octubre».
Pero, en los tiempos de la redención de la patria de cuarta —o la patria en cuarta, en fin, sea lo que sea—, no creo que exista una definición programática suficientemente precisa. Y esa ha sido una de sus mayores virtudes y errores.
Virtud, porque permite que un gran cúmulo de gente se acerque e interprete, a su manera y a su sentir, lo que debe ser la 4T. Error, porque la flexibilidad distorsiona y desvía un proyecto que no sabe bien qué ser. Y error para quienes nos adherimos pensando que ciertas cosas debían ser de una manera y no de otra. La izquierda, claro, pero ¿qué izquierda? ¿Una descafeinada o una radical? ¿Una que rompa el sistema y haga la república socialista anhelada?
Evidentemente, abundan más los matices y las formas correctas del reformismo, del paso lento y burocrático, porque es parte de la esencia de la toma del poder en 2018. ¿Pero quién lo dijo? ¿Quién nos dijo que aceptáramos esta configuración? ¿No era una transformación radical y profunda, como lo dijo el mismo caudillo? Esas son algunas de las distorsiones a las que me refiero.
Quizás fueron ideas, chaquetas mentales que nos hicimos porque quisimos entenderlas de esa forma. Pero ¿qué proyecto es la 4T? A ciencia cierta no lo sabemos. Hemos sido utilizados narrativamente, pues el planteamiento en campaña es uno y, en funciones de gobierno, puede ser otro.
Hay apertura, hay pasos que ceden en detrimento de las comunidades y del medio ambiente, pero a favor del negocio. Está, por ejemplo, la bahía de Ohuira, donde comunidades yoremes se han opuesto durante años a la construcción de una planta de amoniaco, un caso al que Julio Hernández López, Astillero, ha dado seguimiento documental. Estos ires y venires parecen modificarse por las presiones económicas y de inversión que antes le criticábamos a Peña Nieto.
Por ejemplificar: durante la administración peñista, los institutos autónomos como el IFT y el INAI apenas mostraban sus dientes de leche. Eran instituciones criticables y cuestionables, pero, con dientes y verdadera autonomía, podrían haber fortalecido un Estado sólido, con vigilancia desde la ciudadanía e independencia frente al gobierno. En efecto, podían estar capturados. Efectivamente, no eran lo deseable. Pero existían. Hoy aquel diseño institucional fue derrumbado y, por supuesto, eso no es necesariamente mejor.
La reforma de telecomunicaciones y la actuación del IFT, con todo y los dados cargados que pudieran discutirse, produjeron beneficios tangibles: se eliminó el cobro de larga distancia nacional, disminuyeron los precios de distintos servicios y se estableció una regulación asimétrica sobre el agente económico preponderante para favorecer una mayor competencia. Esa era la idea y quizás tendríamos mejores servicios, pues es también una de las promesas olvidadas del capitalismo salvaje.
El INAI ofrecía y exigía información cuando el gobierno podía ocultarla o hacer complicado conocer contratos y verificar ciertos datos. El INAI fue extinguido y sus funciones fueron redistribuidas; entre ellas, algunas pasaron a Transparencia para el Pueblo. Lo que desapareció fue el órgano constitucional autónomo que podía exigir información al propio gobierno sin depender jerárquicamente de éste.
Desde el oficialismo se sostiene que no son iguales y que la información será entregada. Pero ¿qué pasa si las buenas intenciones se acaban? Se liquidó un sistema de transparencia que no necesariamente ponía contra las cuerdas a las administraciones, pero fortalecer ese instituto hubiera sido un paso hacia lo diáfano.
La ambigüedad está también en el signo político del caudillo. En 2019 publicó Hacia una economía moral, donde se refiere a un memorándum que envió, ya como presidente, a los funcionarios que lo acompañaron al arranque de su gobierno. Destaco: «Todos estamos obligados a honrar nuestra palabra y cumplir el compromiso de no mentir, no robar y no traicionar la confianza de los mexicanos».
En sentido literal, eran algunas de las primeras acciones para demostrar que el cambio estaba en proceso de realizarse. Más adelante, en el mismo texto, sostiene un principio juarista, pues lo cita y aquí lo reproduzco:
«Bajo el sistema federativo, los funcionarios públicos no pueden disponer de rentas sin responsabilidad; no pueden gobernar a impulso de voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes; no pueden improvisar fortunas ni entregarse al ocio y a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo, disponiéndose a vivir en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley les señala».
Aquí es donde dirían que la puerca torció el rabo. La nueva Corte había anunciado la eliminación del seguro de gastos médicos mayores como parte de su política de austeridad; sin embargo, seis ministros votaron en agosto de 2026 por incluir en el anteproyecto de presupuesto de 2027 una previsión para restituir esa prestación al personal de la institución, aunque no a los propios ministros.
La presidenta Claudia Sheinbaum criticó la decisión y bromeó con que algo pasa cuando se entra al edificio de la Corte: debe estar «embrujado» por «los espíritus del pasado».
A ella le toca un poco, como a todos: hay libros, hay frases, hay citas sobre aquello que debe cambiar. No hacia un socialismo o algo radical —para desgracia de unos pocos como yo—, pero lo que se prometió debe cumplirse.
Porque sí existen compromisos, principios y documentos. La pregunta es si constituyen una definición suficientemente sólida para saber con certeza qué votamos en aquella ilusión transformadora y, sobre todo, para saber cuándo esa transformación se aparta de sí misma.
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—
Mi abuelo tenía su visión y su manera de entender la llegada de López Obrador. Mis amigos, los más morenistas, tienen sus propias formas de entenderla: unos más ilusionistas, otros cómplices, otros pragmáticos. Coexistimos porque no hay una definición programática inequívoca de lo que realmente se busca.
Desde los gobiernos locales se ve esa interpretación. Cuando Clara Brugada era alcaldesa de Iztapalapa y en Iztacalco gobernaba Armando Quintero, morenistas ambos, tenían estilos y formas diferentes de entender el proyecto que los unía.
Trotsky hablaba de lealtad al programa revolucionario. Pero la lealtad exige saber a qué se es leal. Quizás una parte de aquella transformación que creímos haber votado estaba en el proyecto y otra en nuestras propias ilusiones.
La verdad, si ha de ser revolucionaria, también tendrá que servir para distinguir una cosa de la otra.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
“Cada vez que abres un periódico, estás leyendo una versión de la realidad, no la realidad.” — Giovanni Sartori
Hay materiales que pueden ir construyendo la verdad, pero ¿la verdad se construye?, ¿es un proceso?, ¿o es absoluta por completo?
El desafío mayúsculo a veces no es lo que se sostiene como verdad, sino la ceguera militante, llena de convicción, que nos nubla y nos aleja de la objetividad.
Desde hace años, uno de los libros que tuve como referencia fue Los señores del narco, de Anabel Hernández, una investigación sobre el sistema y la corrupción histórica en los mandos de la seguridad nacional. Entre los señalados en ese momento estaba Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública Federal, un hombre que hoy está condenado.
Lo fácil sería sostener que Anabel tuvo razón, que acertó. Según recuerdo, algunos de los vínculos y nexos que ahí se mostraron encontraron después correspondencia con una realidad que hoy conocemos mejor. Porque, como dicen, el diablo está en los detalles, y esa misma meticulosidad es la que hoy se le debe exigir a la autora que publicó en 2024 La historia secreta: AMLO y el Cártel de Sinaloa, donde sostiene, mediante testimonios de narcotraficantes y otras fuentes, que López Obrador sabía y recibió dinero para sus campañas.
Pero aparecen también otros políticos. Calderón, Madrazo y varios más forman parte de un juego donde pareciera que se apuesta a las bolas negras y rojas. La recurrencia de este recurso aparece en otros trabajos periodísticos de la autora.
Limitando la mirada, para cierta derecha la narrativa quedó resuelta con la publicación: López Obrador es un narcopresidente. Como Calderón lo fue para otros. Y seguramente aquí habrá quienes digan que uno sí y el otro no, según las filias y fobias individuales.
Me cuesta sostener la idea de que AMLO sabía y fue parte directamente de arreglos con el crimen organizado, pero mi dificultad para creerlo tampoco demuestra que no haya ocurrido. No descarto la posibilidad de que haya recibido dinero, porque el mal parece ser más profundo: el sistema está carcomido, un cáncer que nos mata a cuentagotas.
Rafael Barajas, El Fisgón, hoy director del Instituto Nacional de Formación Política de Morena, publicó Narcotráfico para inocentes. El narco en México y quien lo U.S.A., donde aborda precisamente la relación del narcotráfico con el dinero, la política y Estados Unidos. Por eso se llegó a denominar narco-Estado al de Calderón, pero tampoco podemos creer que esas estructuras desaparecieron simplemente porque cambió el gobierno.
Ahora está Narcosistema. Habrá que leerlo para conocer la construcción de su narrativa y, sobre todo, las fuentes que sostienen el trabajo. Que el periodismo de Anabel Hernández incomode a distintos bandos no demuestra por sí mismo que tenga razón. El periodismo que aprendimos en la escuela debe hacer algo más difícil: investigar, contrastar y servir a la sociedad antes que a una causa política. Ir a contracorriente cuando sea necesario y hacernos dudar incluso de nuestras propias convicciones y decisiones.
Cambiar no será sencillo porque interiorizamos nuestras certezas y nos aferramos a ellas. Diría Saramago que somos historias que nos contamos; somos, en buena medida, la invención de nosotros mismos.
Sobre ello he reflexionado también en el círculo de Transformando San Juanico. Tonatiuh, compañero en ese espacio, ha sostenido que Claudia Sheinbaum sí dijo que no habría fracking durante su gobierno. El 1.º de marzo de 2024, al inicio de la campaña, entre sus compromisos aparecía que no se permitiría la explotación de hidrocarburos mediante fracking.
El 6 de agosto de 2026, cuando se le preguntó precisamente si se cumplía aquella promesa de campaña sobre la no utilización del fracking, respondió:
“Nunca lo dije en campaña como tal.”
Después explicó que lo planteado siempre había sido buscar la soberanía energética garantizando los mínimos impactos ambientales y la justicia social. Incluso abrió públicamente la posibilidad de utilizar gas no convencional en ciertas regiones del país si se cumplen determinadas condiciones.
Ahí ya no importa demasiado quién recuerda mejor. Está la palabra, está el documento, está la fecha. Más allá de creer o confiar en un gobierno, debemos mantener la suficiente distancia crítica para reconocer aquello que contradice nuestras propias certezas.
Diría Carlos Monsiváis:
“Se llama ‘carisma’ al conjunto de promesas desplegadas durante una campaña, y ‘desencanto’ a las consecuencias del carisma ya en funciones de gobierno.”
De lo contrario, terminaremos siendo los hombres y mujeres que detestamos y juramos destruir.
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—
Dicen que la verdad es irrelevante. Yo creo que la verdad es única. Hay interpretaciones e inferencias de sujetos que quieren narrarla a su forma, con sus palabras y su lenguaje, para construir también el andamiaje social y político que les interesa.
Leerlos, entenderlos, confrontarlos y razonarlos es un proceso, pero no para fabricar la verdad. La verdad no se construye; construimos el camino para intentar conocerla.
Podemos equivocarnos en ese camino. Puede engañarnos nuestra memoria, nuestra ideología o aquello que deseamos creer. Pero lo ocurrido ya ocurrió y no cambia según nuestras filias y fobias.
Quizá nunca conozcamos toda la verdad. Eso no nos da derecho a deformarla.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
"Cada vez que abres un periódico, estás leyendo una versión de la realidad, no la realidad." — Giovanni Sartori
Los medios de comunicación son importantes. Son la fuente de trabajo de muchas personas que beben y comen información, que transforman los hechos en historias con una velocidad increíble. Como principios guía estaba el de Educar, Emocionar y Aprender; era para lograr que las audiencias nos atraparan —claro, es la visión de la lección aprendida y emitida por los profesores. También con diferentes matices, proponiendo visiones individuales, pero sobre todo intereses de grupos.
En las últimas semanas se habla de una regulación; por eso se llama a una consulta pública sobre los lineamientos de comunicación por los derechos de las audiencias. Pero, como en los últimos años, todo se exalta: o es una ley mordaza o es una refundación de la comunicación contra los neoliberales.
Creo que no es ni una ni otra. Es más bien continuar con las dinámicas actuales; no modificaría nada. Pues los defensores de las audiencias de TV Azteca defenderán la postura de la derecha; en sus diversos programas lo han normalizado, también llevado a la literatura. Nada se escapa.
En cambio, Canal Once, 14, 21, 22 y 34 marcan una línea de izquierda y pro-4T. Justo recordaba la censura del defensor de las audiencias del Canal 14, Lenin Martell, que a principios de año sacó del aire la entrevista de Sabina Berman a Eduardo Verástegui, esto en defensa de las audiencias —y solicitada por la directora del canal, según la versión de Martell. Si eso ocurrió en un espacio "plural" del gobierno, en una televisora privada ocurrirá con más frecuencia. Porque la oferta y la demanda —un poco de ello lo deja entrever el periodista José Ramón Fernández en su más reciente libro de memorias, El Protagonista— narra las presiones que recibía por parte del dueño de la televisora cuando se privatizó, o del trampolín que fue cuando era estatal.
Dicen que es odioso autocitarse, pero a inicios de año abordé el tema de la negativa a transmitir la entrevista en las televisoras públicas, esta "última falla técnica" como le llamé:
"Este tipo de decisiones no son aisladas. Responden a errores tácticos recurrentes de una izquierda que, en algunas de sus versiones, confunde el cuidado de las audiencias con el control del discurso. Se anuncia el desmantelamiento de viejas estructuras represivas y, días después, se normalizan cercos y contenciones. Se habla de conciencia colectiva, pero rara vez se aclara quién la define."
Creo que la legalización de estos códigos de ética servirá y se modificará según quienes estén al frente. Una de las críticas recurrentes es que a la 4T se le olvida de dónde viene, que en donde está no será eterna, y que probablemente, al retorno de la derecha, esta ley le funcione perfectamente para el control de las narrativas en todos los medios.
La defensa de las audiencias —el trabajo para ellas— es la de una integridad que pura, diáfana, no es, porque eso pertenece a lo sagrado. Se cometen muchos errores, pero siempre hay que mantenerse lo más apegado a esos principios del periodismo. La autorregulación, como hasta ahora, no ha funcionado, pero estructurar en un sentido u otro solo traería más encono a los bandos.
Aunque esto último creo que la izquierda apuesta a una exhibición de intereses. Quizás lo logre, pero ¿a qué costo? Lo sabremos pronto, con el marco del proyecto de nación.
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—
La izquierda que ahora detesta a Carmen Aristegui la recuerda con Gabriel Sosa Plata, quien era defensor de las audiencias en MVS y peleó la recolocación por aquella insinuación de alcoholismo del entonces presidente Felipe Calderón. Esos pretextos y remembranzas heroicas quieren que sean lo que ellos imaginan y pretenden que suceda, porque lo que se pretende es ir a los códigos de ética de los medios, reforzar al que es de derecha y de izquierda por igual. Un poco impulsando la definición, sin medias tintas, y las medias tintas sin miedo a la definición.
A la sensatez le conviene y nos conviene a todos que lo analicemos.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
"La velocidad eléctrica tiende a abolir el tiempo y el espacio de la conciencia humana." — Marshall McLuhan
El automóvil es la clase, el estilo y la comodidad —para quien puede pagarlo. Pero también es la prisa. Los coches son la prisa de quien duerme 5 minutos más, son la prisa de quien olvidó hacer el desayuno y guardar en tupper la comida para el trabajo, o para los hijos, o simple y cruelmente son la prisa de quien, en la desesperación demoniaca, lleva prisa porque sí, sin razón aparente.
El automóvil, en buena medida, venía a solucionar los tiempos de traslado y la comodidad de una minoría que podía acceder a esas máquinas maravillosas del siglo XX, que durante el XXI nos ayudan en proporciones elevadas a incrementar el calentamiento global por la quema de combustibles no renovables. Y se fue sofisticando con los años. Tenemos en nuestras memorias la aspiración máxima: un Ferrari, ese auto que cuesta millones o incluso miles de millones de pesos. Pero en ninguna ciudad podrá demostrar el poder de la maquinaria y la velocidad de la marca italiana. Si acaso, quienes bien lo aprovechan son los pilotos de Fórmula 1, donde el sonido del motor es maravilloso. Esas son ligas mayores de la competición deportiva.
Pero sí hay, con frecuencia, clase media: Nissan, Volkswagen, Ford, Honda, Chevrolet y otros muchos más que conduce un individuo que va rápidamente a "x" lugar con "x" prisa. Esos son los vehículos de la mayoría. Esos son los dioses oxidables y que pueden deshacerse con la facilidad del plástico quemado por la velocidad y la imprudencia de encontrarse con otro endemoniado de la vida igual que él. Algo similar con los dioses mortales que, como el piloto Michael Schumacher, sobrevivieron en la velocidad y a la intensidad del deporte motorizado, pero que en una práctica de esquí, hace 13 años, viven —si se puede conceder vida tras el accidente sin muchos detalles. El expiloto de Ferrari podría ser privilegiado en esa "vida", pero muchos mueren o "viven" con cuidados dudosos.
Pero no corramos con la velocidad de los que roban tiempos. Hablemos de quienes hasta ahora se nos escapan: los padres de familia o los sujetos que viajan solos, abandonando la magia de la aventura familiar o de la experiencia viajera en lo cotidiano. Pudiendo llevar a un par de compañeros o acercar a quien encuentres en el camino, se decide viajar en soledad, para incrementar el caos. Dostoievski decía que "Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad, menos cariño me inspira las personas en particular, individualmente." Y sí, quizás el roce del cuerpo matinal sea desagradable, menos que por las tardes en el transporte público, que se vuelve una fábrica de fragancias poco exquisitas. Nos aislamos en una caja con ruedas que nos permite sentirnos reyes, extraños, huraños y berrinchudos.
Es pues que el automóvil y su prisa nos esclavizan, como muchas otras cosas nos han esclavizado al hombre libre, al hombre que decide sobre sus tiempos, que se los come, pero cuyo exceso los elimina. Hay que ir con calma, hay que mirar con paciencia a la hormiga y la carga enorme que es la diminuta hoja. Cada uno verá su reflexión propia.
Da para pensar el automóvil de formas diferentes. Esta es la del tiempo y el espacio de convivencia. Continúa Dostoievski: "Sin embargo, cuanto más detesto al individuo, más ardiente es mi amor por el conjunto de la humanidad."
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—
La Palabra Sagrada, el cuento de José Revueltas, es un homenaje a la palabra. Quien recurrentemente hace un homenaje a la palabra —y, en buena medida, al amor por las palabras, sus esdrújulas y consonantes— es Gonzalo Celorio. Quien, más que contar banalidades de clase, lo hace con pasión por la lengua. Ese es el gran amor de todos los escritores y de los lectores. Me intento unir a ellos.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
"El pasado no está muerto. Ni siquiera es pasado." — William Faulkner
2010 fue mundialista. Casualmente, España también salió campeón del mundo en Sudáfrica. Iniesta, Xavi, tocaban prodigiosamente el balón. Pero en México era diferente: gobernaba el panista Felipe Calderón, la violencia alcanzaba ritmos terroríficos, y el crimen empezaba a evidenciar que era más que el gobierno y que, en buena parte, había que tenerle respeto para sobrevivir al país.
Pero también fue un año electoral. En Tamaulipas se disputaba el gobierno estatal. El priista Rodolfo Torre Cantú iba a arrollar a los panistas. Se demostró porque su hermano Egidio tomó su lugar y gobernó el estado hasta 2016. En aquellos días, como es natural, nadie sabía nada. No había ni siquiera un ápice de posibilidad. Curiosos los caminos de la vida.
La procuraduría, en investigaciones reconocidas por el propio Calderón, determinó que la policía estatal había estado envuelta en los sucesos. Como también es natural, desaparecieron hojas de la procuraduría, que casualmente era dirigida por Marisela Morales, quien en el transcurrir de los días fue borrando y eliminando rastros de esa guía de investigación. Al parecer, esa era la consigna calderonista.
En entrevistas recientes —sobre todo cuando Marisela Morales quería ser electa ministra de la corte— se le preguntó sobre su entonces compañero de gabinete, el hoy sentenciado narcotraficante Genaro García Luna. Ella solo dijo que no había elementos para hacer una investigación. Y en las que tenía elementos, bueno, se entiende: era el hombre que comandaba la ley y el orden del país.
Pero recordar aquellas lindezas del pasado —aquellas fantasías de justicia que nunca llegaron— sirve porque hay un reportaje de la revista Proceso de este mes de julio (que, a veces, no abandona su esencia de creación). El reportaje dice que no fueron elementos de la policía estatal, sino marinos los que se confundieron, pero terminaron por ejecutar al candidato. Esa es la línea de investigación que se perdió con Marisela Morales. Y con Murillo Karam, la investigación se estancó en el cansancio, pero llegó porque se les olvidó.
A 6 días del asesinato, en comunicación con el también gobernador Eugenio Hernández Flores —priista también, y casualmente acusado de lavado de dinero en Estados Unidos, con un amparo para evitar ser extraditado—, el presidente dio la negativa a la propuesta de cancelar la elección del estado. A 6 días, el demócrata daba lecciones de cómo ejercer el poder. Pero también en búsqueda de tomar el estado, que llegaría unos años después con otro prófugo de la justicia, Cabeza de Vaca.
Sin saltos bruscos de tiempo, la elección la ganó el PRI con Egidio Torre, quien gobernó con la pesadez y la sombra de encontrar justicia para su hermano. Han pasado 16 años sin resolverse. Las luces de algún día son una nebulosa de dudas.
En fin, en este tamaulipeco y criminal proceso debemos detenernos y pensar que la mugre y la miseria en la que vivimos es tricolor (PRI) y azul (PAN). Sobre todo, porque no podemos comprender cuándo se empezó a joder México. Tratando de entender el mal en Tamaulipas y cómo hemos llegado hasta lo que hoy, con narrativas y hechos, sigue lesionando a los estados con sus particularidades, pero también a la nación entera.
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—
Estoy leyendo la antología de José Agustín sobre José Revueltas, que se llama La Palabra Sagrada. Desde el primer cuento, que es brutal —"Dormir en Tierra"—, te lleva con cierto acoso violento y te demuestra la crudeza de la vida. Hay muchos que escribió en la cárcel y cuentan esa violencia de esos lugares, como "Hegel y yo". Es una antología que cuenta la podredumbre de la vida criminal tras las rejas, esa que aspiramos los mexicanos a que los políticos paguen. Al menos es terrible la crudeza de la voz de los menos afortunados, que han tenido que pagar en esos sitios sus condenas.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
"La política no es un lugar para la coherencia. Es un lugar para la supervivencia." - Anónimo
En YouTube pueden consultar la entrevista de Hernán Gómez a Alessandra Rojo de la Vega. Me parece una entrevista extraordinaria porque nos permite pensar y analizar cómo un personaje político cercano a Morena durante algún tiempo, desencantado y desplazado, se muda o se acerca a la derecha —o mejor dicho, a la oposición— para resonar más. Es una entrevista que funciona como un diagnóstico de la oposición.
La oposición, diría López Obrador, está moralmente derrotada. Creo que es un diagnóstico certero. Moralmente, porque la redención de la patria prometía otra cosa y otras maneras de conducirse para la vida nacional. Aunque eso se puede acabar con las decisiones que se vayan tomando desde ese partido político. Se dice que Diana Sánchez Barrios buscará competir por los guindas por la alcaldía que controla en negocios opacos desde hace muchos años. Eso daría al traste con lo que en apariencia es moralmente "superior". En fin, ya veremos qué le depara a la muy golpeada alcaldía y a sus habitantes, que terminan jaloneados por unos y otros.
El tema es que personajes como Alessandra, que vivieron en la política "neutra", se han ido radicalizando con el tiempo con posturas escandalosas para la derecha, buscando notoriedad mediática para ocupar espacios políticos dentro de una oposición que no tiene una plataforma consistente y congruente que ofrecer a los desencantados con el gobierno actual, ni a quienes ya rechazaban a la mayoría de hoy.
Rojo de la Vega era una mujer con una agenda ecológica. Se le buscó el matiz para que siguiera en las filas del progresismo laxo y ascendiera en el tiempo. No lo dice, pero yo lo sugiero, cuando sostiene que Claudia Sheinbaum le pidió bajar las revoluciones mediáticas cuando aún era parte de los verdes. Por eso el llamado constante a la mesura, a no hacer más ruido. No lo obedeció, y su deserción fue capitalizada por la oposición, que pocas ideas tenía para aceptarla o para qué. Ella misma dice no ser de nadie, ni tener una ideología clara. Los coqueteos y los acercamientos con el conservadurismo pueden inclinarle la balanza, como ya lo hizo con los guindas. Y como ella, debe haber una buena cantidad de personajes que pasan de un bando a otro.
Es, pues, el extravío ideológico parte del extravío de quienes no saben colocarse de frente a la gente y decirle sus intenciones, o al menos disfrazar la brutalidad del mercado y de las agendas políticas. Esas agendas encontrarán espacio si se cometen errores con mayor frecuencia que los actuales. Difícilmente ocurrirá, porque la izquierda gobernante, con sus errores graves, ha mantenido cierto margen de maniobra con los ciudadanos. Y la inoperancia de la oposición entera no ha hecho más que ampliarlo.
Al último y por último —pero nunca, nunca menos importante—
Las voces que van creciendo y los intereses que las acompañan en la vida política del país se modifican y ocupan espacios en el gobierno, buscando el interés y el poder solo por el poder. Quienes se extravían aún más son cooptados por una oposición que está igual o peor, pues en lo que podemos alcanzar a mirar no tienen oportunidad. Son errores de ambiciones personales que buscan elevarse a los altares mediáticos sin fondo ni sustancia. Lo mejor es lo guinda, pero con su corrosión en el viejo mundo y el nuevo, que fue sucumbido.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
"La bicicleta es la más humana de las máquinas, porque no necesita gasolina, solo necesita vida." — Eduardo Galeano
Cuando subes a una bicicleta avanzas unos metros, luego unos kilómetros, con un ritmo que poco a poco deja de sentirse extraño. Llegas cansado, sí, pero con la certeza de que cada metro recorrido fue producto de tu propio esfuerzo. Hay algo profundamente gratificante en ello.
Adaptarse cuesta trabajo. Es una sucesión de pruebas y errores, de pequeños miedos y, a veces, de caídas. Todo eso ocurre en un mundo caótico donde el privilegio del automóvil sigue imponiéndose, porque así hemos sido educados. En esa cultura profundamente clasista, el coche es el rey de las calles; así lo hemos interiorizado.
Lo recordé hace unos días cuando alguien me dijo que había empezado con una bicicleta, luego compró una motocicleta y ahora aspiraba a tener un automóvil. Como si el crecimiento personal pudiera medirse por el vehículo que conducimos. Como si el ascenso social también tuviera ruedas.
Con la ciclovía de la Calzada de Tlalpan uno llega rápido y, en buena parte del trayecto, con seguridad. Aun así, convivimos con automovilistas que parecen pensar que usar la direccional les consume gasolina y con personas que nunca leyeron el reglamento de tránsito. Todos cometemos errores alguna vez, pero la ciudad sigue diseñada para perdonarle casi todo al automóvil y muy poco a quien decide moverse de otra manera.
Más allá de esa discusión política y de la necesaria educación vial, quisiera volver a la experiencia de rodar.
Es maravillosa.
No sé qué sentirá un ave cuando surca el cielo, pero imagino que debe parecerse un poco a esa sensación de avanzar con velocidad constante, de encontrar el equilibrio, de dejar atrás el miedo inicial. En la bicicleta uno vuela, aunque lo haga pegado al suelo. Vuela en una interpretación muy humana de la libertad.
Primero el reto consiste en no caer. Después, en llegar a la esquina. Más tarde, a cruzar la colonia. Un día descubres que ya puedes atravesar media ciudad.
¿Eso es la libertad?
No me atrevería a decir que sea la libertad completa. Pero sí una parte de ella.
Y quizá por eso vale la pena insistir en construir una ciudad donde la bicicleta deje de ser una excepción. No solo por la salud de quien pedalea, sino por la salud colectiva de una ciudad que, si quiere respirar mejor, tendrá que aprender a moverse de otra manera.
Sean Rabiosamente Felices..
Hasta Pronto.
Alan Jimenez
"Los automóviles no votan, pero los políticos tienen pánico de provocarles el menor disgusto. Ningún gobierno latinoamericano, civil o militar, de derecha, centro o izquierda, se ha atrevido a desafiar al poder motorizado. Es verdad que recientemente Cuba se ha llenado de bicicletas, pero eso no había ocurrido durante los treinta y pico años de revolución, durante los cuales pudo haber elegido ese vehículo, muy barato, que no ensucia el aire y que no requiere más combustible que el músculo humano. No: la bicicleta aparece masivamente en Cuba cuando no hay más remedio, porque no queda ni una gota de petróleo; no como una alegría disfrutable, sino como una calamidad inevitable." — Eduardo Galeano
Me encontré este fragmento de Eduardo Galeano mientras buscaba algo sobre la bicicleta. De paso confirmé que tengo pendiente leer Úselo y tírelo: nuestro planeta, nuestra única casa.
La cita viene a cuento no solo por la bicicleta, sino porque desde hace tiempo tenía ganas de leer Cuba, estampas de la resistencia, de Luis Hernández Navarro, un libro nacido de los reportajes publicados a principios de año en La Jornada. Durante once días de viaje por la isla, el autor fue escribiendo y describiendo una resistencia profundamente humana antes que meramente política.
Pero la bicicleta, en Cuba, no fue una elección; fue una consecuencia. Y esa misma lógica —la de la resistencia en medio de la escasez— es la que recorre el libro de Hernández Navarro.
Cuba, estampas de la resistencia recorre la vida cotidiana de los cubanos, la manera en que viven y entienden la asfixia derivada del endurecimiento de las sanciones estadounidenses y, al mismo tiempo, la defensa de una revolución que, con todas sus contradicciones, sigue representando para muchos un sistema que garantiza derechos fundamentales. Quizá sin las comodidades del llamado Primer Mundo, pero con la certeza de que, frente a la enfermedad o la vulnerabilidad, el Estado no los abandona. Esa es una de las tensiones que el libro retrata con mayor fuerza.
En México se denunció —con razón— el desabasto de medicamentos para niños con cáncer. Sin embargo, pocas veces se habla de los niños cubanos que padecen la escasez de fármacos, los apagones y las dificultades provocadas por el bloqueo económico. El libro no convierte ese sufrimiento en propaganda; lo muestra desde la experiencia cotidiana de quienes lo viven.
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También habla de una resistencia construida desde la solidaridad. Una idea atraviesa varias de sus páginas y remite a José Martí: la patria es humanidad. Quizá esa sea una de las reflexiones más profundas que deja la lectura y una a la que todos deberíamos volver.
Además de sus textos, Cuba, estampas de la resistencia contiene más de sesenta fotografías de Jair Cabrera que acompañan la narración con enorme sensibilidad. Muestran las huellas de más de seis décadas de embargo y confrontación, pero también la dignidad con la que muchas personas enfrentan la vida diaria. No buscan idealizar la realidad cubana, sino acercarse a ella desde la experiencia de quienes la habitan.
Una de las historias que más me llamó la atención es la del homenaje popular a los cubanos fallecidos durante una misión en Venezuela. Luis Hernández Navarro narra cómo, cuando los cuerpos regresaron a la isla, una multitud acudió espontáneamente a rendirles homenaje. Eran, en su mayoría, desconocidos para quienes hacían fila, pero no por ello dejaron de recibir respeto y reconocimiento.
Podría detenerme en muchas otras páginas. El libro es breve, pero deja abiertas muchas preguntas sobre la solidaridad, la dignidad y la resistencia. Vale la pena leerlo con calma. Y luego, quizá, subirse a una bicicleta —no por calamidad, sino por convicción.
Al último y por último -pero nunca, nunca menos importante...-
Futbol Infinito de Jorge Valdano, el libro es bueno, hice algunas anotaciones como en la mayoría de las lecturas que hago, pero hay dos reflexiones que quiero compartir, la primera que sostiene Valdano “En el medio estará la virtud.”, y en el México vs Corea del Sur el centro se esfumó y evidenció el futbol actual, no hay posiciones claras todos corren, todos juegan a un ritmo que critica Valdano porque no se piensa, no se siente el futbol. Qué queda esperanza de que hay jugadores diferentes que se detienen a pensar, como Mora, que deberá pulirlo, pero que deja una sensación de que un mundo diferente es posible. Lo segundo es la crítica mercantilista del futbol que muchos recientemente han hecho una analogía bonita a mi gusto, diciendo que la FIFA es la iglesia, el juego es la fe, la administración está podrida, aquí no perderán fieles, lo soportamos todo y eso se muestra en los estadios a los cuales una minoría pudo acceder a muy alto costo, pero que siempre lo ha hecho, acceder a esos lugares se condena un paseo repleto para estallar en la alegría posible. O la que el gasto hecho ya hace lo mínimo para el disfrute colectivo.
Sean rabiosamente felices…
Hasta pronto,
Alan Jiménez
